Co-vid-as: Cae la industria hotelera

Una colaboración de: ANÓNIMO, HOTELERO, SAN JUAN , PUERTO RICO

Seguramente para muchos como yo, la vida era normal. Entrabamos y salíamos sin encomendarnos a nada ni a nadie, y dábamos todo por sentado, porque simplemente sabíamos que todo iba a estar ahí. Compartíamos los buenos momentos de la vida, la buena comida, las mejores bebidas, el más rico de los vinos y esto solo con la mejor compañía: la que tú puedes escoger.

Seguramente estábamos corriendo sin frenos, como ese tren que tiene que llegar a su destino a la hora exacta, en el momento exacto, a dejar a sus pasajeros a su suerte, en su destino. Destino que cada pasajero podía controlar, o al menos hasta ese día lo podía hacer.

Tarde que temprano algo nos tenía que frenar.

Desde pequeño supe que mi cumpleaños era una fecha especial porque siempre que se acercaba la fecha pasaba algo. Desde una caída, un accidente de carro o hasta una tonta pelea entre mis padres, siempre eran razón para acordarme que mi “celebración” estaba cerca. Este año por fin llegaba a la famosa “peseta” y como en pocas ocasiones, sentía que algo pasaría (además de los cientos de terremotos que nos sacudieron en enero), pero no tenía la certeza de qué era.  En mi lugar de trabajo y segunda casa -los hoteleros vivimos en el trabajo y venimos a casa de visita- celebraron mi onomástico como de costumbre: tirando la casa por la ventana.

Oficina decorada, adornos por doquier, almuerzo de campeones, y un rico bizcocho mandado a hacer como solo yo lo pido: Ice Cream cake triple chocolate. Todo iba muy bien como para ser mi cumpleaños, y recuerdo estar tomándome una foto con mis compañeros cuando llegó una notificación que sabíamos que nos iba a cambiar la vida a todos, para siempre…

“El COVID 19 es declarado pandemia”.

Por un momento, podíamos escuchar un alfiler si hubiese caído al piso. Nuestros corazones palpitaron un poco más lento, como preámbulo a la efeméride a la que nos acercábamos. Ninguno de nosotros en mi oficina, por mayor que fuera, había experimentado una pandemia, desde la manera de contraerla hasta los continuos resultados positivos nos mantenían en un constante modo de alerta.

Las semanas subsiguientes fueron intensas, llenas de días largos de trabajo en diferentes tareas dentro y fuera de las correspondientes a mi título. El mundo estaba en histeria, las llamadas para cancelar reservas eran casi innumerables. La pérdida era millonaria solo en grupos contratados (reservas de más de diez habitaciones), sin contar el mercado de ocio del cual muchos hoteles de lujo como el mío, se nutría.

Muchos de nosotros comenzamos a especular que podía pasar después. Las reuniones de estado de situación eran estresantes y llenas de frustración.

Un mercado que se trataba de recuperar de los estragos de los terremotos del mes de mi cumpleaños y que sabíamos no aguantaría otra caída en el mismo año, cayó.

A eso nos enfrentábamos y lo hacíamos, sin lugar a dudas, con el mejor de los ánimos, confiados en la belleza de nuestras playas, la forma única de nuestro calor borincano al abrazar al visitante, pero sobre todo la sonrisa de cada compañero agradecido con nuestros visitantes, deseándoles que tuvieran la mejor estadía de su vida para verle nuevamente en fechas futuras.

Era tarde en la noche en la Isla más bella del Caribe, la mayor de las Antillas menores, pero la menor de las Antillas mayores, la Isla Bendita, a la que le cantamos PRECIOSA con el corazón infla’o y la que siempre ha sido blanco de muchos acontecimientos históricos, para bien o para mal… Recibí una llamada de mi entonces supervisora directa, una mujer retirada del ejército de los Estados Unidos, con sobre 20 años en la industria hotelera y turística y una trayectoria envidiable. Su voz al saludar predijo lo que estaba por suceder, algo andaba mal y ya lo debía saber.

“Te llamo para dejarte saber que no te puedes reportar mañana a trabajar, cuando tengamos más información la compartiremos”.

El principio del shock comenzó. No podía creerlo, “Yo soy esencial, sin mi equipo de Ventas y Mercadeo no se mueve el hotel, tenemos que estar allí para atacar la crisis y salir adelante, como siempre hemos hecho” era mi pensamiento ingenuo ante tal noticia. Los mensajes de compañeros no se hicieron esperar, cada uno con una preocupación particular. Para todos era algo nuevo, nadie y, repito, nadie estaba preparado para este trago amargo que teníamos que superar con la mejor de las disposiciones.

No puedo negar que la primera semana en mi casa se sintió como unas pequeñas vacaciones. Con toque de queda, con restricciones a las salidas y muchos servicios limitados, podía dormir hasta más tarde, y podía perder horas y horas viendo televisión o simplemente compartiendo con amistades mediante plataformas digitales. Aunque tomo cursos conducentes a estudios graduados una o dos veces en semana, sentía que me sobraba mucho tiempo, ya que estoy acostumbrado a una carga académica más pesada, y con una clase movida a educación a distancia (en línea), no era suficiente decía yo, otra vez ingenuamente.

El tiempo pasó, y finalmente nos llamaron nuevamente. Esta vez con información completa; alejada completamente de la falsa realidad que queríamos escuchar.

Estamos cesanteados en un evento sin precedentes mundialmente.

Hoteleros al fin, la primera reacción es buscar otros hoteles, pues tenemos la flexibilidad de trabajar mundialmente con nuestro conocimiento y experiencia, sin embargo, en un segundo pensamiento llegó la realidad.

El mundo entero está detenido por el enemigo invisible, algo que puede estar impregnado en las manos con las que llevas alimentos a tu boca, la ropa con la que vistes, los alimentos que compras y lo peor de todo, hasta en tus seres queridos.

 El golpe duro aún no había golpeado cuando conocimos el “distanciamiento social” algo que no es común en nuestra cultura puertorriqueña, la cual acostumbra a saludarse con un beso en la mejilla, un apretón de manos y un abrazo. El toque de queda se intensificó, alargando las horas en la casa, los más afortunados trabajando desde casa, los demás con más tiempo para ver televisión, trabajar en su jardín, hacer la limpieza profunda de la casa o simplemente alargando las horas, mirando el techo.

Con reparo, la mayoría de la población ha seguido las indicaciones para reducir el contagio y proteger a los seres que aman. No ha sido un proceso fácil para nadie, unos por la falta de trabajo, otros por la falta de dinero y otros por la abundancia de trabajo (hago un alto para ofrecer un Standing ovation a nuestros héroes sin capa, todo el personal médico que día a día sale de sus casas a dar el todo por el todo para que nuestra Isla vuelva a ser lo que era, o mejor). Definitivamente hemos crecido como seres humanos, como hermanos, como amigos, como puertorriqueños.

Sin duda alguna el COVID-19 vino a cambiar nuestra vida PARA SIEMPRE.

No solo en mi industria, si no que en todo el mundo comenzarán a moverse en torno a la historia post-COVID. Yo confieso que no puedo esperar a volver a la “normalidad”, a sentir que no puedo con tanto trabajo, a decir que no tengo tiempo ni de mirar la hora, a que mi periodo de comer sean 15 minutos con tal de que nuestros huéspedes y clientes tengan nada menos que la mejor experiencia de su vida con nosotros.

Esto señores, es mi CO-VID-AS.

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