3.7: El inicio del final

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Cuando los reflejos del sol mañanero despertaban al Valle, un caballo ajeno, negro como la noche, se asomó al camino principal del poblado. Si algo les llamó la atención a los espectadores fue que su jinete era hermosamente extraña. Las pieles de lobo, el arco en la espalda, la enorme trenza recogida, los ojos agudos, los brazos fortalecidos… Se le notaba, con tan solo mirarla por un momento, que no era de allí porque lo más que le resaltaba era una postura de guerrero.

Se le miraba mujer, pero no se le veía como tal. Sorprendidos por un cuerpo femenino tan imponente, pensaron que se trataba de la cazadora Artemisa o de la sabia Atenas. Fascinados, algunos intentaron acercarse, pero la joven estaba muy ida como para prestarles atención y continuó su recorrido sin percatarse de toda la atención que acaparaba.

Dánae observaba a su alrededor encantada, perdida en un remolino de raras bellezas. ¡Era aún más hermoso de lo que imaginaba! ¡Tanta gente que comenzaba a asomarse por miles de ventanas y puertas! Era la más hermosa realidad que jamás haya visto, la más increíble vista que había calado en su alma. El momento que con tantas ansias esperó.

Había muchas personas, caminando de un lugar a otro con sus telas de distintos colores y sandalias de diferentes materiales. Rápidas, entretenidas, ocupadas, muchas de ellas ajenas a la atónita vista de la joven. Hombres, como Lander, vestidos con uniformes de trabajadores, mujeres, niños, viejos, sonrisas, palabras, gritos.

Eran iguales a ella, eran tantos, tantos… ¡Tantos! ¡De cuánta belleza se había privado! ¡Esto era lo que le habían estado negando! Sus brillantes ojos saltaban de estructura en estructura. No eran cabañas, eran… ¿Qué eran? Eran edificaciones ordenadas, de otros materiales que no eran la madera bajo la que siempre había dormido. Eran espacios decorados, perfectos. ¡Cuán grande el ingenio del hombre! Había carnes, pieles, verduras, vinos en venta o llevados de lado a lado. Eran miles de provisiones, de personas tan dadas a sus tareas.

A cada paso descubría una nueva extrañeza y una nueva pregunta. ¡Cuánto le faltaba por conocer! Estaba sedienta, hambrienta, una bestia lista para devorar tanta… No había palabras para todo aquello. Único, exquisito, tentador. No, era más que eso. Su corazón estallaría, moriría en una eterna carcajada de complacencia. En un incesante gesto de incredulidad, de sorpresa y hubiera conseguido elevarse al punto más alto de emoción a no ser por la voz tan conocida que la llamó.

—¡Dánae!

Cuando miró, vio a Lander que cabalgaba hacia ella con la fuerza y velocidad fenomenal que lo caracterizaban. En la cara se le leía que estaba dispuesto a arrebatarle su sueño. La llevaría de regreso… Si la alcanzaba.

—¡Déjame en paz Lander, es tiempo de crecer! —le gritó y emprendió una apresurada carrera en busca de aquella enorme casa que Ofelia había mencionado.

Al tono de voz elevado, la mayoría prestó atención, pero no por mucho porque el caballo, misterioso como las sombras difuminadas, cabalgó con rapidez al insistente azote de la musculosa pierna de la mujer. Pasaba casas, caminos, confundidos, perdidos. Se acabó el deleite de belleza, la apreciación de la inteligencia humana. Solo quería encontrar la casa, perder al Lander acechador. Miró a un lado, miró al otro. Tomó la derecha. ¿La izquierda? Las personas se apartaban del trotar confuso del animal, temerosas del espectáculo.

¿Pero dónde estaba la casa? ¿Dónde vivía ese rey? Y sin terminar de cuestionarse a sí misma, se levantó ante su mirada una estructura enorme, elegante, evidentemente distinta, con un patio gigantesco, con unas impresionantes escaleras, con unos toques en piedra incalculables. Esa era la casa del rey y no tenía que haberla visto anteriormente para saberlo. Se acercó por la fuente principal y detuvo su caballo estrepitosamente, frente a las escaleras. Comenzó a subirlas, apresurada, decidida. Dos soldados intentaron detenerla.

—Joven.

Pero por defensa, antes de que terminaran de hablar, los golpeó. Dos o tres ataques que los dejaron en el suelo. Rápida, intachable técnica, ágil. No había dudas de su capacidad como guerrera. Entró a la casa. Visualizó una profundidad clara, larga, una altura inmensa. Los artículos finos y coloridos que decoraban las paredes, las esquinas, las butacas, el piso de lujo.

—¡Rey! ¿Dónde está el rey? —gritó a la lejanía.

Caminó confundida, en busca de ese gran líder, de ese mandatario que posiblemente podría ayudarla. Mientras pensaba en si se dirigía al camino correcto, súbitamente, las cálidas manos de un hombre albino la detuvieron, tomándola de los hombros. Era la mirada más hermosa que los ojos de Dánae hayan visto. Azul como el resto del mundo, ojos invadidos por las pestañas descoloridas que los hacían brillar aún más, la piel como las nubes en ese cielo, que se contrastaba con la capa morada.

Hubo un silencio, un inentendible silencio. Solo existió una extraña conexión. Una intensidad de miradas inquietas, pero confiadas. El azul del cielo y la negrura del abismo. El cielo desde el abismo, el abismo desde el cielo, pero la contemplación se rompió cuando la áspera voz del hombre interrumpió.

—¿Por qué corres? ¿Qué quieres?

Entonces su contestación fue un golpe fallido. Esas cálidas manos, esos intensos luceros, demasiado para un instante. Dánae explotó en un intento para hacerlo caer, pero para su sorpresa el albino lo evitó con un movimiento fugaz, seguido por el peso del cuerpo que la llevó a la pared más cercana y la dejó allí pillada.

—Dije, ¿qué quieres? —le gritó él, cara a cara.

Y una vez más la contestación fue un ataque, un golpe acertado de codo a mejilla. Dánae emprendió su huida nuevamente. El hombre se recuperó y corrió tras ella, pero esta vez fueron unas manos más blandas las que la detuvieron, al encontrarse de pronto con un hombre en su vejez.

—¿Quién eres? ¿Por qué vienes a mi casa de esta manera y le pegas a mi hijo Owen?

Los espectadores comenzaron a reunirse alrededor de la escena, apareciendo de par en par, de tres en tres. Entre ellos, Bárbara, que salía del aposento de uno de sus clientes. También se reunieron los soldados en sus uniformes, listos para matar a quien fuera necesario.

—¿Por qué vienes de esta manera a mi casa? ¿Qué te hemos hecho?

—¿Mi casa? —despertó Dánae—. Eres, eres… eres el rey —murmuró, palideciendo, con aspecto de ausencia.

—Sí. Soy el rey Demetrio y me gustaría saber qué puedo hacer por tan hermosa y agresiva joven.

—Yo…

Todos estaban ansiosos de saber quién era aquella intrusa con aspecto de diosa, pero las palabras se tornaron interrumpidas por una figura diferente, masculina, que entraba por el pasillo como Hades a su averno cuando Perséfone se escapaba para ver a su madre. Era Lander.

—¿Lander? —preguntó Demetrio, incrédulo, al reconocerle los cabellos rojizos.

—¡Dánae! —gritó el soldado furioso, mientras se acercaba con espada en mano.

Entonces, el rey, confundido, delante de todos los presentes y admirando a la joven, repitió el nombre con asombro, balbuceando.

—Dá, na, e.

Un pensamiento

  1. Impactante capítulo. No tengo palabras para describir la emoción que me hizo sentir. El llegar de la joven a su mundo . Que pasara con ella ?

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