Primer beso de la eternidad

Había llovido a cantaros y no nos había dado tiempo de cobijarnos porque estábamos en aquel tablado descolorido y no había a dónde correr. Allí estábamos, sin sombrilla, ni amparo, cuando el cielo decidió derramarse sobre nosotros, pegaditos, llenos de risas y complicidades.

Llovió, con fuerza y gallardía, pero no nos importó mucho porque me habías buscado a casa en horas de la tarde y llevábamos desde aquel entonces hablándonos al oído, haciéndonos promesas y gustándonos un poco más. Cada palabra, cada gesto, nos retaba a seguir descubriendo, viéndonos a los ojos, reflejados el uno en el otro, en lo que la lluvia caía sobre nuestros cabellos, nuestra ropa, sobre nuestra alma misma.

Una lluvia que recién comenzaba, tal como nuestra relación. Muchas caricias, abrazos y contacto habíamos compartido, pero recuerdo ese día porque, bajo esa lluvia, todos llenos de agua celestial, con la noche sobre nuestros hombros, nos dimos el primer beso de esos que duran una eternidad. Un beso eterno por sus colores y contextura, eterno porque no importara a dónde nos llevara la vida, el recuerdo de tus labios, tu olor y esa última sonrisa quedaría impregnado en mí, tan dentro de mi ser que jamás podría olvidarlo, ni aunque por odio quisiera aborrecerlo.

Olvidar ni a ti, ni al escenario.

Recuerdo que a nuestros pies estaba el agua con tonalidades oscuras y el ruido de las olas, mientras el viento de la lluvia las azotaba, en su lucha de agua contra agua, tan una para la otra como nosotros. La luz de la luna tenue se escondía tras la bruma, que poco a poco, se fue asomando para darnos privacidad, haciéndonos guarida en ese rinconcito nuestro, un espacio intocable y salvaje para nosotros y nadie más. Pero no, no importara cuántos colores, ni cuánto brillara ese paraíso, al escenario le sobresalía aquel chico que me robaba el corazón con sus tibias manos, en tanto el frío de la lluvia se deslizaba por mi piel, dándole un profundo contraste a mis sensaciones.

Sí. Oh, sí. Un beso eterno, casi como una historia contada que tuvo principio, desenlace y fin en cuestión de segundos, en cuyo caso nos quedamos abrazados bajo la lluvia como dos pequeñas aves que habían cruzado el mar por primera vez y allí se quedaban, quietas, confiadas la una en la otra, cómplices en sus viajes y sus secretos. Aún no te conocía bien, pero ese beso, tan sincero, tan dado, tan estremecedor me convenció de que debíamos seguirlo intentando. Intentar quedarnos así, abrazados, compartiendo besos eternos mientras la vida se nos pasa por el lado, mientras cae la lluvia y ahí nos quedamos, quietos, confiados el uno en el otro, sin importar la noche o las olas que intenten dividir nuestros caminos.

Únete a 140 seguidores más

2 Pensamientos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .