Un puertorriqueño nacido en República Dominicana

Dicen que los puertorriqueños son puertorriqueños, aunque nacieran en la luna. ¿Qué sucede si nacen en otra patria, bajo otra nacionalidad, de padres dominicanos?

Randy Tejada Duarte sabe que eso no es problema para identificarse como puertorriqueño, porque, aunque los dominicanos lo tilden de “vende patria” y los puertorriqueños no lo quieran en su tierra, Puerto Rico ha formado una parte importante en su vida.

“Yo soy dominicano de nacionalidad y puertorriqueño de sentimientos.”

El joven llegó a la Isla cuando tenía unos 12 años, y desde entonces, ha dedicado su vida a convertirse en un profesional. Hoy día, a sus 20, cursa su último año en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras (UPRRP), para convertirse en un graduado de ciencias políticas. Pero eso es lo más reciente de su historia, atrás quedan sufrimientos y luchas que poca gente conoce, y cuando se dispone a ser entrevistado, se sienta en el piso de un edificio de la facultad de Humanidades de la UPRRP para contar sus vivencias con tranquilidad, y mucha firmeza.

La historia antes de ser puertorriqueño

Randy recuerda que desde pequeño, Puerto Rico apareció en su vida como el país al cual los dominicanos se iban a prosperar. Uno de ellos lo fue su padre, quien abandonó el pueblo Francisco de Macorís en República Dominicana, para venir a la Isla a luchar por un mejor futuro. La familia de Randy tenía un negocio de producción de cacao, pero la lentitud del proceso de preparación les imposibilitaba la generación de dinero lo suficientemente onerosa como para mantener una familia de cuatro y a los abuelos paternos y maternos. Así que el papá, Domingo, se fue cuando Randy apenas tenía dos años.

Recuerda el joven dominicano como su familia se debatió la ausencia del padre, pues, aunque enviaba dinero desde la Isla, allí, metidos en un campo que se conoce por el nombre de Majagüar, la familia pasó hambre muchas veces. Con el pasar del tiempo se conoció que Domingo logró llegar a las costas de Cabo Rojo, y luego de que un hombre le prestara un teléfono, consiguió comunicarse con unos familiares en Caguas. El número no lo llevaba en su memoria. Domingo, como muchos otros dominicanos, talló en su correa de cuero los números telefónicos de importancia, entre ellos, aquel que lo unió a su familia y lo instaló en la Isla. Luego, se mudó a Río Piedras y comenzó a trabajar en la construcción. También llegó información de que se había tenido que casar con una puertorriqueña de la Perla, en el Viejo San Juan, para tramitar su legalidad en el país. Domingo le aclaró a la mamá de Randy que la relación con su nueva esposa era solo de negocios, con el propósito de lograr la residencia permanente. Finalmente lo consiguió, pero trajo consigo un costo.

Domingo comenzó a enviar menos dinero y la madre, Bethania, se vio obligada a mudarse al pueblo. Mientras vivían lejos de Majagüar, el abuelo paterno de Randy murió. Aunque Bethania, Randy y su hermano en ese entonces lo desconocían, Domingo había viajado de vuelta a República Dominicana para despedir a su padre. Un día, un vecino de Bethania, fue a visitar a Majagüar y vio las maletas de Domingo. Dado a que había llegado con su esposa puertorriqueña, Domingo no se molestó en visitar a su primera mujer ni a sus hijos, pues a Bethania le decía que no tenía una relación amorosa con la puertorriqueña, y a la boricua le decía que solo hablaba con la dominicana por sus hijos.

“Mi papá visitó toda mi familia y nosotros no sabíamos nada.”

Enredados en las mentiras de su esposo y padre, la familia de Randy se enteró, finalmente, que el costo de recibir la residencia permanente, era perderlo. Bethania fue la más afectada. Cuando Randy alcanzó la madurez suficiente, le confesó como muchas veces pensó en el suicidio. Tomar el “tres pasitos” que vendía un muchacho todos los días frente a su casa, sería la solución permanente, porque la madre de Randy se había reservado para su esposo. No vestía provocativamente, siempre andaba en mahonés, camisa y sandalias, y nunca, pero nunca, tomaba pon en carros con hombres para que a Puerto Rico no llegaran rumores que le estaba siendo infiel a su esposo. Por eso le dolía tanto, porque durante muchos años le guardó fidelidad, mientras Domingo se jugaba su amor con una mujer puertorriqueña.

El joven dominicano reconoce que esa fue la razón principal por la que su madre decidió llegar a la Isla en yola e indocumentada. Quería su esposo de vuelta, demostrarle que ella también era fuerte, que podía llegar a Puerto Rico sola. Estuvo unos meses compartiendo a su esposo Domingo con la puertorriqueña, hasta que finalmente entendió que debía rehacer su vida y consiguió trabajo como ama de llaves.

“Y desde ese entonces no nos faltó nada.”

Randy y su hermano se quedaron bajo el cuidado de la abuela materna, uno de los pilares en el carácter del joven. Aunque ya no pasaron hambre, con la ausencia de Bethania, el joven se vio obligado a atender a su hermano pequeño, asumiendo un puesto que no le pertenecía. “Me hice esta idea psicológica de que era el papá de mi hermanito.” Randy lo bañaba, le daba de comer, lo educaba… Dedicaba su niñez a cuidar a su hermano.

Luego a los 12 años viajó a Puerto Rico bajo la residencia de su padre. Una vez en la Isla, conoció a su padrastro y comenzó a cursar su noveno grado. Un día, cuando todo parecía estar bien, pues su madre había superado a su primer esposo y estaba feliz, el padrastro tuvo un accidente automovilístico. Aunque no fue culpa de él, al ser indocumentado, lo metieron preso. Bethania no pudo hacer mucho porque también estaba indocumentada, y por ello, cuando el padrastro salió, antes que lo deportaran a República Dominicana, decidió huir a Nueva York. Allá permaneció por años.

Recientemente, cuando Bethania al fin logró procesar sus papeles, decidió visitar a su segundo amante en Nueva York. Estaba dispuesta a dejar a Randy estudiando en la UPRRP, para ella dedicar su vida a su marido. Sin embargo, la vida le jugó con la misma carta. Cuando llegó a Nueva York, supo que el dominicano que por muchos años fue su segundo amante, se había casado con otra mujer y hasta un bebé tenían. Regresó a la Isla devastada, y Randy juró protegerla de todo hombre que la quisiera.

Randy se denomina como una persona rígida, pues el sufrimiento que le causaron Domingo y el padrastro a su familia fue irreparable. Cuando llegó a la Isla “desconfiaba hasta de un hola” y se abstuvo de compartir su vida con nadie más que no fuera su madre. En la escuela se le hizo difícil hacer amistades, y se mantuvo sólo porque solo lo buscaban cuando lo necesitaban. Dedicó su vida por completo a estudiar. La madre no tan solo se lo exigía, sino que Randy percibe a la educación como la manera de superarse en Puerto Rico.

“No salimos de un país para llegar a otro y ser inferiores”.

Randy aún se relaciona con su padre, pero vive con su madre Bethania, a quién protege con firmeza.

El discrimen: majado de negrura, dominicanos e inmigrantes

“El discrimen nunca me afectó y nunca me afecta. Las palabras no me afectan”.

Randy sabe que, personalmente, no recibe muchas acusaciones por ser dominicano, porque su acento se ha neutralizado. Sin embargo, conoce que en Puerto Rico el discrimen a los dominicanos y las personas negras es uno “indirecto institucionalizado”.

Una vez, cuando Randy se disponía a tomar la guagua pública de Caguas a Río Piedras para llegar a la universidad, una mujer dominicana y su niño fueron víctimas del discrimen. Un señor puertorriqueño no quería que la dominicana se le sentara al lado y para evitarlo, comenzó a imitar el acento dominicano de manera despectiva. Fue Randy quién se atrevió a defender a la mujer y se enfrascó en una discusión con el hombre, de la cual resaltaron las palabras ignorante y racista.

El problema radica en que el discrimen a los dominicanos no se atiende en el gobierno, y los políticos solo los buscan cuando llega el tiempo de las elecciones. Mientras tanto, Randy, como estudiante de ciencias políticas, sabe que no educan a los inmigrantes para que defiendan sus derechos. Los inmigrantes muchas veces se enferman y no pueden ir a salas de emergencias porque no tienen documentación. Sin embargo, Randy está seguro que, si el gobierno se dedicara a educarlos, ningún indocumentado moriría enfermo porque existen fundaciones que proveen servicios sin requerir estatus legal alguno, como la Liga Americana del Cáncer.

Cuando se habla de inmigración, destaca la idea de que los indocumentados llegan a los países a quitarle trabajos a los residentes. Según Randy, eso es una falacia.

“Ningún inmigrante sale de su país porque quiere. Nosotros no venimos a este país a robarle el trabajo a nadie. Llegamos con la idea de buscar un mejor estilo de vida, llegamos y no tenemos la idea de buscar altos títulos, venimos a hacer el trabajo que nadie quiere… El inmigrante no es una amenaza.”

Enfermos, sin el debido conocimiento de sus derechos, los dominicanos se aventuran en el mar y arriesgan sus vidas, para llegar a la Isla y tomar los trabajos que los puertorriqueños no quieren hacer. En la lista de trabajos que Randy cree los puertorriqueños no quieren, figuran la limpieza de casas, construcción, trabajados agrícolas, de carreteras, entre otros. Sin embargo, Randy representa el cambio. Amparado bajo la residencia permanente, el dominicano se educa para dedicar su vida al servicio público, y defender los derechos de las minorías. No quiere ser político, quiere luchar por una mejor vida para su madre, para sí y para todo el que pueda ayudar a través de su carrera profesional.

“Quiero utilizar el poder de las ciencias políticas en voz de los marginados.”

La política: Randy como puertorriqueño

“No me voy de Puerto Rico… Este país me ha regalado el regalo más preciado de mi vida que es el de la educación.”

Luego de integrarse en la cultura puertorriqueña, Randy comenzó a sentir amor por la Isla. Por eso le preocupa la crisis económica y política que atraviesa. Cuando se le pregunta sobre el estatus político, ofrece varias razones por las que Puerto Rico debería ser independiente, no sin antes aclarar que eso es una decisión meramente de los puertorriqueños.

“ELA (Estado Libre Asociado de Puerto Rico) fue un adorno político que tapaba la idea de colonia.”

Randy entiende que la crisis económica de la Isla es causa del coloniaje, pues las ataduras que se tienen con Estados Unidos no permiten que el gobierno de Puerto Rico tenga las herramientas necesarias para defender su economía. Sin la soberanía no pueden hacer mucho, pero con la independencia y una agricultura desarrollada, Puerto Rico podría alcanzar mejores niveles de vida, y Randy lo sabe. También conoce que los puertorriqueños le temen a la independencia, porque en los países latinoamericanos se pasa hambre y sufrimiento siendo independientes. No obstante, Randy invita al boricua a darse cuenta que la pobreza no se debe a la independencia, sino a la mala administración de los gobiernos.

“Los puertorriqueños pueden aspirar a más.”

Algo que enorgullece a Randy sobre los puertorriqueños es que han resistido al ataque cultural por parte de los Estados Unidos. Aunque durante muchos años, la nación americana intentó adoctrinar la cultura puertorriqueña, hoy día la cotidianeidad demuestra que no lo lograron. Hablando español, con el coquí, la bomba y el “yo soy boricua”, Randy ve en los puertorriqueños un amor patriótico admirable, fuerte y revolucionario.

Randy es dominicano, y no lo niega, pero quiere participar de lo boricua. Puerto Rico entró en su vida, en su cultura y en su corazón, y lo convirtió en puertorriqueño. Él lo acepta y lo reconoce. Solo falta que la Isla lo acepte, a él y a otros miles de inmigrantes, que dan su vida para hacer crecer al país.

Fotografías: Viviana Rosado

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