Familia malgastada

Estaba comiendo, como siempre, en el restaurante de la esquina. Estaba solo, tomándose un descanso de todo el trabajo que le aguardaba en la oficina. Había ordenado y ahora esperaba en la mesa más plana. En ese momento estaba pensando en la lechuga, la carne por degustar, en su traje de empresario, pero nunca le pasó por la mente la mujer con la que compartía su techo y la que pronto sería su esposa. Si algo sentía por ella en ese instante, era coraje.

Su novia quería que fuera a una reunión familiar de “suma importancia” y le enfurecía que ella no podía considerar todo el trabajo que tenía acumulado. Necesitaba terminar si quería que siguiera llevando un sustento al hogar.

Estaba sentado en la mesa más plana, tomando un respiro de todo el trabajo que le esperaba. Pensaba en la lechuga, sonriendo a la mujer sentada en la mesa frente a él. Era preciosa. Tenía una sonrisa pegajosa y todos sus atributos bien colocados. Era hermosa, y de seguro no quería que él fuera a una éstupida reunión familiar. Estaba pensando en la lechuga, en cuán mojada podría ser.

Estaba guiando desesperada, buscando con sus ojos amarillos por todos lados el celular para ver la hora. Se preocupaba por él, moriría si no sabía lo que estaba por revelarse. “Demasiado trabajo”, le decía ella, “ven conmigo, te haré sentir mejor”. No podía perderse la reunión familiar, no, él no podía faltar. Si no era allí, ¿dónde anunciaría su embarazo?

Estaba guiando al trabajo del futuro padre, sentada en el asiento del conductor, sudada, sitiéndose mareada. Sabía que si no iba por él, nunca llegaría al junte. Necesitaba saber por anticipado que no podía perdérsela.

Ahora él pensaba en la carne de la lechuga. Tenía los ojos verdes, no amarillentos como la mujer con la que compartía su techo. La piel siempre le brillaba, cuán deliciosa debía saber. Se paró, caminó a su mesa y se presentó. La mujer recibió un “no” por respuesta cuando le preguntó si estaba comprometido con alguien. En ese momento él pensaba en la carne de la lechuga, nunca en la reunión familiar con su novia.

La barriga le comenzó a molestar por lo nerviosa que estaba. Su corazón latía con esmero. Estaba preocupada por él, por la vida a la que traería a su bebé. Él parecía impaciente en los últimos días, necesitaba saber que sería papá para que algo le devolviera la alegría. Estaba guiando a la oficina de su novio. Estaba decidida a sacarlo a empujones de todo aquel trabajo. Dio un giro a la izquierda.

Él estaba riéndose. Ahora la mujer estaba sentada bien cerca de él. “Hacemos una buena pareja”, le dijo. “Entonces, ¿porqué no nos vamos a otro lado?”, le preguntó ella. No era la primera vez que jugaban a ser desconocidos, preguntando para recibir las mismas respuestas. Era la forma de hacerlo más excitante, más arriesgado, más interesante. Él pensaba en sus labios de lechuga, que le traían recuerdos de los moviemientos que practicaban juntos. Estaba vez la cita era en el restuarante de la esquina y con nueva peluca nadie se dio cuenta que siempre se trataba de la misma mujer.

Ella tomó otro giro en la esquina, dónde ubicaba el restaurante al que su prometido siempre iba. Justo al frente estaba la oficina. Cuando detuvo su carro en la línea amarilla, miró el elegante y transparente establecimiento de comida. Quería recordar el espacio dónde lo conoció. Jamás imaginó que seis años después cargaría en sus adentros el resultado de aquel amor.

Miró a la mesa más plana, en la que estaba sentada cuando él se presentó por primera vez, pero en vez de un grato recuerdo, vio a la verde lechuga besando al padre del hijo sin nacer. Por un momento no pudo creerlo. No pudo procesarlo en su mente. Agarró su teléfono y envió un mensaje de texto. Arrancó con el pedal hasta el fondo y mantuvo una velocidad ilegal mientras lloraba. Estaba colérica. Ahora sería una madre soltera.

Los labios de ella se sentían calientes, sus ojos se sentían verdes como la lechuga. Era el paraíso al alcance de sus manos. No iría a la reunión familiar, tampoco terminaría con el trabajo apilado. En cambio, quería ensuciar su oficina. Quería destrozarla mientras quemaba su piel con aquella hermosa mujer.

Ahora estaba guiando demasiado rápido por la avenida. Estaba furiosa, sería una madre solterona y estaba devastada por ello. Estaba llorando sin control, con la vista nublada no podía ver su camino. En algún punto del viaje no se percató de la luz roja y la rebasó. Lo último que sintió fue el desbalance de un golpe sin salida. Había parado con su auto a un camión de gasolina y ahora su cuerpo sin vida no se podía descifrar. Mientras la sangre daba su última corrida, su novio se quemaba en la oficina.

Se vistió de vuelta cuando ya no le quedaron ganas. Era hora de verificar su celular.

-“No puedo creer que estés con la verde lechuga. Supongo que seré una madre soltera después de todo”, leyó en la pantalla táctil.

La llamó varias veces y no contestó. Se preocupó por ella y su compañía. Ese mensaje despertó en sí el miedo terrible de no volver a ver su prometida. Pero más importante que el resto, siempre había querido ser padre sobre  ningún otro rol en su vida.

Cuando el celular vibró acababa de despedir a la lechuga, diciéndole que era la última vez que se verían. Cuando contestó la llamada, al principio sonrió, pero en el momento que el agente se identificó y le citó, su corazón se le estrujó.

Cuando llegó a la escena vio el carro consumido por la mordida del camión. Solo entonces supo que era muy tarde. Se arrodilló en la carretera llena de vidrios y lloró por haber malgastado una buena familia.

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